Juan 4.46-49 – Primer Sanidad en Galilea

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Comentario Bíblico Devocional del Evangelio de Juan

¡Muy bienvenidos a Gracia y Vida!

Hoy continuaremos analizando, estudiando y aplicando la palabra de Dios a nuestras vidas. Lo haremos a partir del comentario de los textos de Juan 4.46-49, al cual le hemos dado el título de Primera Sanidad en Galilea

Esta publicación corresponde a la primera parte de la historia de la sanidad del hijo de un oficial del Rey, la cual hemos dividido en dos para poder abarcar todos los temas importantes de la misma.

Esperamos que esta lectura te resulte útil para conocer y comprender más sobre el mensaje de la Biblia para tu vida, y también para conocer más sobre la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Si estás de acuerdo, y antes de iniciar tu lectura, te invitamos a orar, para que sea el Espíritu Santo quien te guíe, te enseñe y te hable más allá de lo que podamos aportar nosotros con este comentario (por favor, toma un tiempo para hacerlo). 

Índice

A continuación te dejamos un índice para que navegues a voluntad por cada parte de esta publicación; pero si es posible, te recomendamos que la leas de principio a fin para que logres entender plenamente cada parte, y cada versículo.

Texto Bíblico

46 Entonces vino otra vez Jesús a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había allí cierto oficial del rey cuyo hijo estaba enfermo en Capernaúm. 47 Cuando él oyó que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a Su encuentro y le suplicaba que bajara y sanara a su hijo, porque estaba al borde de la muerte. 48 Jesús entonces le dijo: «Si ustedes no ven señales y prodigios, no creerán». 49 El oficial del rey le dijo*: «Señor, baja antes de que mi hijo muera». 

Nota:

Aunque aquí tratemos solo estos versículos, dejando para la próxima publicación el resto del relato, te será más que necesario leer la historia completa para entender mucho mejor todo lo que decimos, es decir: desde Juan 4.46 hasta Juan 4.54. Te recomendamos hacerlo.

Introducción

Un evangelio diferente

Hemos llegado a un punto, en el evangelio de Juan, en el cual comenzaremos a encontrar historias, narraciones y enseñanzas de Jesús, las cuales corresponden a Su ministerio en Galilea. Esto es algo que hasta este capítulo no había sucedido, ya que sólo habíamos visto lo acontecido fuera de esta provincia (con excepción de las bodas de Caná en el capítulo 2). 

Como ya hemos dicho en comentarios anteriores, una de las diferencias entre éste y el resto de los evangelios (Mateo, Marcos y Lucas), es que mientras los demás centran toda su atención en lo sucedido en Galilea, Juan no lo hace, sino que nos ayuda a ver qué sucedió en otros lugares, e intenta aportar algo diferente y complementario. 

Esto es lo que hemos estado viendo en la mayor parte de los capítulos anteriores; algunos ejemplos de esto son: La presentación de la deidad de Cristo (capítulo 1); lo sucedido en las bodas de Caná (Cap. 2); el encuentro con Nicodemo (cap. 3) y la historia de la mujer samaritana (Cap 4). Estos temas y eventos sólo aparecen aquí en este evangelio.

Al llegar ahora a este punto de su relato, Juan nos va a mostrar a Jesús ingresando a Galilea para comenzar allí su ministerio, y lo primero que nos permite ver es una sanidad muy especial. 

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A través de la misma veremos cuán grande y maravilloso es el poder de Jesús, el cual va más allá de lo que cualquiera hubiera podido pensar o ver hasta el momento. Este milagro rompe con cualquier barrera imaginable, tanto para los presentes en aquel momento, como para nosotros hoy.

Una sanidad maravillosa

La misma fue distinta de muchas otras en diferentes aspectos y esto es lo que Juan se propuso mostrarnos. Hablando propiamente sobre la sanidad observemos que:

Jesús no necesitó estar cerca del enfermo y tampoco pidió ninguna demostración de fe al mismo. No hubieron palabras ni procedimientos especiales. Jesús solo hizo una afirmación y liberó al padre de continuar suplicando. Y aún así, sin ninguna espectacularidad de por medio, sin nada grandilocuente, la sanidad fue realizada

Esto nos muestra claramente que Jesús era diferente a cualquier otra persona que los presentes en aquel momento hubiesen podido ver anteriormente. Era distinto, único y especial, y podía hacer cosas que nadie más.

Obviamente, aunque ellos no lo supieran o pudieran entender plenamente, Él era el mismísimo Hijo de Dios presente entre ellos, Emmanuel (Dios con nosotros) regalándoles Su presencia, Su tiempo y Su amor.

Ahora, si pusiéramos por un momento nuestra mirada en la manifestación del poder de Dios en Jesús, deberíamos decir que:

Todas aquellas señales, milagros y prodigios realizados, e incluso y de igual manera, Sus enseñanzas y palabras de sabiduría, cada ejemplo y cada actitud mostrada, abrían una nueva posibilidad, para quienes las presenciaban, de darse cuenta de que el Hijo de Dios estaba entre ellos.

En este caso, toda una familia pudo ser testigo, en primera persona, del poder y de la buena voluntad del Mesías de Dios, que había descendido de los cielos. Jesús mostraba un nuevo camino para todos los que quisieran caminar en Él, para todos los que se atrevieran a poner su fe en Él

La puerta del Cielo se abría ante sus ojos, y todo aquel que estuviera dispuesto a creer tenía la entrada disponible. Eso es algo que sucedía en aquel momento, pero que aún hoy está vigente y disponible para cada persona que se acerque con Fe a Jesucristo. ¿Has aprovechado esta oportunidad? ¡Dios sigue con las puertas abiertas aún hoy!

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Anhelamos que tú también hayas entrado por esas puertas, pero si no lo has hecho hasta ahora, este es el momento adecuado. ¡Te invitamos a hacerlo! De ser el caso puedes seguir el siguiente link o contactanos a través de la caja de comentarios, intentaremos guiarte de la mejor manera posible, te esperamos.

La deidad de Jesús

Mirando ahora el texto desde otra perspectiva, podemos ver que Juan se empeñó, desde el primer versículo de su capítulo uno, en demostrar que Jesús es Dios. Esto mismo es algo que observaremos a lo largo de todo su evangelio. En él veremos distintas narraciones y afirmaciones que nos mostrarán esta verdad bíblica.

Algunos textos ya vistos y donde podemos ver claramente esto son: Juan 1.1-3; 1.14; 1.18; 1.29-31. Al mismo tiempo, en otros, Juan nos muestra distintos atributos de Jesús, como por ejemplo, el de Su omnisciencia, en Juan 1.43-46; 4.17-18; 6.15; 16.19 y en 16.22. Incluso podemos encontrar varias afirmaciones del mismo Jesús en referencia a Su deidad, algo que encontramos en Juan 10.30 y en Juan 12.45.

Ahora, volviendo a nuestro texto, en este caso se pone de manifiesto que Jesús tenía poder para sanar, un poder que estaba fuera de toda lógica humana, un poder que sobrepasaba cualquier entendimiento. No sanaba como cualquier médico, ni como un “sanador” de artes mágicas, de esos que se encontraban por todo el imperio. 

Jesús no necesitaba hacer nada especial, ni recitar palabras específicas, ni siquiera estar cerca de la persona. Es más, Jesús ni siquiera dijo algo del niño, sino que, como analizaremos en el siguiente comentario, solo le habló al padre y le dijo que se fuera. Ni una palabra, ni un acto. Nada. Solo Su poder y Su voluntad bastaron para obrar un grandioso milagro

¿Quién más podría hacer algo así sino la segunda persona de la Trinidad? Esto es lo que Juan quiere que notemos. Veremos muchos otros textos más, mientras sigamos avanzando con este evangelio, los cuales nos mostrarán esta misma verdad. Pero por ahora, comencemos con el análisis puntual del texto que nos convoca.

Comentario

46

Entonces vino otra vez Jesús a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había allí cierto oficial del rey cuyo hijo estaba enfermo en Capernaúm.

Juan ya nos ha contado la historia de las bodas de Caná (ver mapa), así que ahora nos dice que Jesús regresó al mismo lugar para comenzar con Su ministerio en Galilea. Por nuestra parte ya hemos comentado el milagro de la conversión del agua en vino en el capítulo dos y no hablaremos aquí al respecto, pero te dejamos el link al mismo por si deseas leerlo.

Trayecto de Jesús de Judea a Galilea
En este mapa vemos que Jesús estaba en Judea antes de pasar por Samaria y llegar hasta Caná. Lo que vemos es el recorrido que hizo hasta llegar al lugar en donde lo encontramos en este texto.

En relación al Oficial del Rey

En este caso Juan no especifica el rango del Funcionario Real, pero se sobreentiende que era un hombre muy influyente e importante. Éste tenía su hogar en Capernaúm (ver en mapa sobre el Mar de Galilea), a unos 35 Kms. de Caná. Su hijo estaba enfermo, así que este oficial, sin importar rango y posición, hizo todo cuanto pudo para salvarle.

Aunque el texto no lo diga, es probable que anteriormente haya intentado con la medicina tradicional, y tal vez hasta con otras cuestiones (los romanos eran politeístas y abiertos a todo tipo de creencias). Posiblemente, al ver que nada de aquello le dio resultado, y frente a la gravedad de la situación, salió a buscar la última y única ayuda posible, Jesús.

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Ahora, al mirar más detenidamente a este padre afligido, podemos darnos cuenta de que, al salir de su hogar, él supo que iría a ver a quien muchos veían como un simple carpintero de Nazareth, y hasta incluso es posible que, para esta etapa del ministerio de Jesús, muchos ni siquiera le conocieran.

Sin embargo, todo esto no impidió que aquel hombre se humille a sí mismo y fuera a buscarle. Él necesitaba una salida diferente, algo distinto, y sólo en Jesús había una alternativa para su familia. Aquel hombre debía arriesgarse, y por lo que veremos, ese riesgo valió la pena (algo que nos resulta común a todos aquellos que Le buscamos de verdad ¿cierto?).

Es así que, cuando aquel hombre oyó que había una solución posible, él solo decidió dejar todo e ir hacia Jesús. Él fue la solución para aquel hombre y para toda su familia; y lo sigue  siendo hoy también para ti y para cada uno de nosotros. Ahora, ¿estarás dispuesto a hacer lo mismo que aquel funcionario? ¿Te humillarás a ti mismo para buscar la ayuda de Dios?

¡Dios te está esperando!

Veamos qué hizo el padre del niño:

47

Cuando él oyó que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a Su encuentro y le suplicaba que bajara y sanara a su hijo, porque estaba al borde de la muerte.

En este texto vemos claramente la condición angustiante en la que se encontraba toda la familia: el niño estaba al borde de la muerte. Es por esto que el padre se había dado prisa y había salido en busca de Jesús. 

Si había alguna posibilidad de que el niño se sanara por medio de Jesús, para este hombre valía la pena viajar, humillarse y pedirle que lo fuera a sanar (nuestro orgullo no vale tanto como la vida de un hijo, ¿cierto?).

Este acto de aquel padre también tiene una enseñanza para nosotros y es la siguiente: sin importar nuestro estatus, posición o condición social, podemos humillarnos delante de Jesús como lo hicieron tantos otros antes que nosotros.

Para pensar

Es importante tener en cuenta que la única forma apropiada de acercarse a Dios es con un corazón humilde. La Biblia nos enseña esto en muchísimos versículos, como por ejemplo: Proverbios 29.23; Santiago 4.10; 1 Pedro 5.6; etc., ect. Por tanto, haremos bien en tener la actitud correcta a la hora de presentarnos frente a Él.

Creemos pertinente aclarar este tipo de cuestiones, dado que hemos visto que algunos de nuestros hermanos se paran frente a Dios exigiendo Sus bendiciones, diciendo algo así como: “Lo prometiste y por ende debes cumplir tus promesas”. Otros intentan arrebatar bendiciones al cielo basados en algún tipo de errónea interpretación de Mateo 11.12.

El problema para muchos reside en que tienen una valoración más alta de sí mismos, y de su posición frente a Dios, de la que deberían. 

Entendamos que aunque sí es cierto que Él es nuestro Padre, y aunque es verdad que Él nos ama, y que hizo todo lo posible por amor a nosotros, hasta enviar a Su Hijo a morir en nuestro lugar. Por más que todo esto sea verdad, Él sigue siendo nuestro Dios y nuestro Rey, y por lo tanto, si Dios hace algo por nosotros es por amor y no por obligación.

Todas esas verdades que hemos nombrado, no lo convierten en nuestro deudor sino que es al revés. Somos nosotros los que debemos ponernos en condición de siervos frente a Dios, y estando en esa condición debemos obedecerle y servirle.

Siendo así, podemos comprender que nuestra posición no nos da el derecho de hacer demandas al Dios todopoderoso, pero lo que sí podemos, y debemos hacer, es acercarnos a Él con fe y poner toda situación a Sus pies en oración.

Es Él, quien nos ama con un amor inconmensurable, quien se encargará de responder a nuestras humildes oraciones, proporcionándonos o bien la solución, o en su defecto, la fortaleza y la sabiduría para afrontar la situación hasta tanto llegue el tiempo de su resolución.

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Volviendo ahora al texto, veamos la respuesta de Jesús, la cual pudiera parecernos particularmente extraña:

48 

Jesús entonces le dijo: «Si ustedes no ven señales y prodigios, no creerán». 

Quien le había hablado a Jesús era el padre del niño, pero vemos que Jesús no le responde solamente a él. Notemos que su respuesta está en plural. Ahora, ¿a quienes más les estaba hablando? ¿Les diría esto también a sus discípulos, o a alguien más? Para intentar hallar una respuesta a estas preguntas debemos buscar en el contexto.

Unos versículos más atrás (V45) se nos dice que fueron muchos los que recibieron a Jesús en Galilea. Posiblemente aquellos siguieron a Jesús para ver si hacía algún portento o señal allí, así como las había hecho en Jerusalén o allí mismo en las bodas de Caná.

Por lo tanto, es probable que muchos de aquellos estuvieran presentes en ese mismo lugar mientras ambos tenían esta conversación. Juan mismo nos dice que no se ha escrito todo lo hecho o enseñado por Jesús (Juan 21.25). Por tanto, es posible que Él estuviera enseñando allí también hasta que aquel hombre llegó con su pedido.

Si estamos en lo correcto con nuestra interpretación al analizar la situación, creemos que Jesús no le hablaba tanto al padre o a los discípulos, como sí a aquellos que sólo querían presenciar un espectáculo. Aunque también, lógicamente, pudiera aplicarse a cada uno de los que lo escuchaban, y aún también, se aplica para muchos otros hoy en día.

La razón de nuestra suposición también surge al analizar las siguientes preguntas:

Lo que vino a buscar el padre, ¿era una señal, un prodigio, o tan solo, y únicamente, la sanidad esperada? Suponemos que si la sanidad llegaba, a aquel hombre no le importaría de qué manera fuera hecha, ¿estarás de acuerdo? Ahora, por parte de los discípulos, ellos no estaban buscando señales para creer, ellos ya le tenían como Maestro y Señor.

Es tal vez por eso que, mientras vaya avanzando la historia, no veremos nada espectacular en ella. El Señor sabía bien todas las cosas, conocía el corazón de cada persona y lo que cada uno venía a buscar en Él (Juan 2.25), y más allá de eso, no tenía la necesidad, ni la obligación de darle nada a los observadores curiosos.

Por ende, Jesús hizo el milagro sin ninguna señal evidente para los que presenciaban la conversación. Esto constituye no solo una muestra de Su gran poder, sino que además una demostración de sabiduría. Meditemos juntos un poco más sobre todo esto:

Pensando en el tema de los milagros

Apreciemos por un momento el hecho de que Jesús sabía diferenciar entre buscadores de experiencias y las personas que en verdad lo buscaban por fe y por necesidad. Eso es algo que cada cristiano debería tener en cuenta, ¿no lo crees? Por lo tanto, tal vez no esté por demás preguntarnos qué buscamos nosotros en Jesús, y qué hay en nuestro corazón en el momento de buscarle.

Los buscadores de milagros de hoy

Muchas personas se acercan cada día a nuestras Iglesias buscando algo milagroso. Muchos buscan la solución “mágica” a sus problemas, en vez de al Dios verdadero. Y por lo tanto visitan las Iglesias esperando que Dios les quite alguna carga o les cumpla sus anhelos o proyectos.

Estas personas, ¿tienen una búsqueda verdadera de Dios, o solo están pensando en sí mismos? Ahora, ¿tienen estas personas toda la culpa de no saber qué buscar al acercarse a Dios? Tal vez haya parte de la responsabilidad por esta clase de errores en la misma Iglesia… 

Un error común en muchas congregaciones

En contraste con quienes no conocen a Dios, nosotros bien sabemos que Él no es el genio de alguna lámpara. Él no cumple “mágica e instantáneamente” los deseos de quienes se le acercan. Ni tampoco cambia Su voluntad frente a la exigencia de los hombres.

Es triste observar que muchos suponen que pueden manipular a Dios. Pero es aún más triste que muchos que visiten nuestras Iglesias por años sin comprender realmente cuál es la manera en que Dios obra en la vida de sus hijos.

Peor aún es que muchas Iglesias utilizan como slogan frases como estas: “Venga a la reunión y Dios realizará todo tipo de milagros en su vida” “Visítenos y Dios obrará de tal manera que todo cambiará” “Diezme y Dios lo llenará de prosperidad”.

Decimos que es triste porque todo esto no es del todo cierto.

Aunque sea verdad que Dios obra milagros a diario, no todos somos receptores de los mismos, ni los recibimos cotidianamente, ni sucederán siempre en medio de una reunión, ni todos allí recibirán un milagro ese día, y todavía es menos cierto que recibiremos un milagro por cada día de reunión, o por cada oración que elevemos. 

Por ende, es bueno que podamos preguntarnos qué mensaje damos, y qué prometemos para que crea la gente cuando se acerca a nuestro Dios. Tal vez estemos tan acostumbrados a estrategias de marketing, que muchas veces “vendemos” o presentamos lo que no es. Tal vez sea hora de centrarse en el mensaje verdadero, ¿no lo crees?

Juan 4.46-49 - Primer Sanidad en Galilea
Juan 4.46-49 – Primer Sanidad en Galilea
Nosotros y los milagros

Los verdaderos cristianos no podemos vivir dentro de un pensamiento mágico sino todo lo contrario. Debemos comprender cuál es la realidad de la vida cristiana, y luego, cuál es nuestra parte en el Reino de los cielos, es decir, qué espera Dios de nosotros.

Entendemos que es normal que haya quienes no comprendan cómo relacionarse con Dios, pero lo que no es normal es que nosotros, los que en verdad buscamos a Dios con fe, tengamos ideas erróneas respecto del obrar de Dios. Tal vez eso sí suceda por un tiempo, al principio de nuestra relación con Él, pero luego ya no debería ser así.

Después de un tiempo de relacionarnos con Él deberemos entender que aunque Dios sí obra milagros, no siempre lo hace, y no en todos los casos. Es entonces, cuando nos damos cuenta de esta realidad, que debemos tomar una importante decisión: ¿Cómo seguirá nuestra relación con Él? ¿Permaneceremos firmes en nuestra fe a pesar de eso, o la abandonaremos?

Por otro lado, al ver este tipo de milagros (como los que leemos en nuestro texto), es lógico que nos postremos y roguemos a Dios para que obre de esta misma manera; pero la verdadera madurez espiritual se evidencia cuando logramos aceptar (luego de mucho orar) que Dios puede no obrar según nuestra voluntad o supuesta necesidad.

Esto es más que evidente cuando tenemos familiares con enfermedades, como en el caso de nuestra historia. Cuando vivimos estas circunstancias y Dios no responde como esperamos, uno tiende a desalentarse, a preguntar por qué, a ponerse duro en cuanto a la fe, y hasta a veces, también hay algún sentimiento de enojo de nuestro lado para con Dios.

Pero todos estos sentimientos no nos ayudan a conseguir lo que esperamos, ni nos conducen a la paz que necesitamos. Entonces sepamos que, si esto llegara a ocurrirnos, nuestra verdadera ayuda seguirá estando en los brazos de nuestro Padre Celestial, quien sabe sobre nuestros sentimientos y situaciones, y está más que dispuesto a acompañarnos.

Últimas palabras sobre los milagros y nuestra relación con ellos

Muchas veces es difícil aceptar que Él no nos responda a nosotros como lo esperamos, siendo que sí lo hizo con otros. Esto bien pudiera suceder y generar raíces de amargura en nuestro corazón, pero obviamente no es lo que Dios espera que suceda. El tema es cómo reaccionamos cuando nuestras expectativas se frustran.

En ese momento será vital, para nuestra salud espiritual, comprender que Dios sabe mejor que nosotros por qué suceden las cosas, y por qué no obra como lo esperamos. Además será más que importante internalizar que Él está al control y que conoce a la perfección cada evento, cada suceso, y también, cómo nos sentimos al respecto.

Cuando puedes seguir con fe, a pesar de las circunstancias, es cuando tu vida espiritual manifiesta crecimiento, experiencia y madurez. Al fin y al cabo, eso es lo que Dios busca, y es por eso mismo permite que las pruebas lleguen a nuestras vidas. Es por eso que no siempre llega a rescatarnos para solucionar todos nuestros conflictos. ¿Lo habías pensado de ese modo?

Gracia y Vida tiene una publicación denominada: Los silencios de Dios, en la cual hablamos un poco más al respecto. Pero la cuestión a tener en cuenta aquí es: en ausencia de milagros o intervenciones divinas ¿Cómo seguiremos adelante con nuestra fe? ¿Podremos seguir estando firmes? ¿Podremos seguir amando y adorando a un Dios que no cumple con todo lo que le pedimos? Esperamos que así sea.

Oramos para que Dios trabaje en tu vida cada día; para que logres aceptar las circunstancias que Él te permita vivir; y para que te llene de Su consuelo, paz y fortaleza. Anhelamos que luego de pasar por diversos momentos de pruebas, puedas salir fortalecida/o, y firme en la fe, habiendo abanzado un pasito más en tu crecimiento espiritual. Oramos en el nombre de Jesús, amén.

Las evidencias y la fe

El último tema pertinente a tratar en este versículo es la necesidad de muchos de tener algún tipo de evidencia (más allá de los milagros), para luego poder depositar su fe en Dios, o tal vez para tomar alguna decisión importante, o simplemente para seguir adelante con una tarea determinada. 

También es bien sabido que muchos necesitamos que Dios nos dé algún tipo de evidencia en determinados momentos para fortalecer nuestra fe. E incluso es cierto que hubieron distintos hombres en la Biblia, los cuales dependieron de estas evidencias para poder seguir o para luego obedecer a Dios.

Una de las historias más conocidas al respecto es la de Gedeón, la cual se encuentra en Jueces 6.36-40. Hasta el día de hoy hablamos del “vellón” como de una prueba de parte de Dios que nos ayuda a comprender Su voluntad, o que nos sirve para acrecentar nuestra fe.

Vimos la necesidad de evidencias incluso en uno de los discípulos, Tomás, quien necesitó ver los orificios en las manos de Jesús para creer que había resucitado (Juan 20.24-26); y también vimos que Jesús no lo condenó por eso, sino que le otorgó su petición; y por otro lado, expresó una bienaventuranza para aquellos que pudieran creer sin ver.

Ahora, más allá de la preciosa declaración de Hebreos 1.1: “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” La cual expresa la ausencia de la necesidad de pruebas para tener certeza de lo que no vemos, es cierto que muchos hemos necesitado de ciertas pruebas para poder seguir adelante con alguna cuestión.

Si en verdad las necesitas, harás bien en pedirlas, pero eso sí, no creas que tendrás una prueba por cada paso que des, Dios no obra de ese modo. En momentos importantes, cruciales, es posible recibir de Dios ciertas señales, pero también es cierto, que la fe debe estar más allá de las mismas, y que es por esa misma razón que no tendrás evidencias todo el tiempo. ¿Lo entiendes?

No es que Dios no quiera, o que sea malo, o que no pueda. No. Lo que sucede es que Él quiere que tu fe se vaya desarrollando y creciendo. Y esto sucede cuando dejamos de depender de hechos tangibles para poder seguir en el camino de Dios, para continuar con nuestra vida cristiana y para servirle cada día. ¿Comprendes?

En referencia al texto y aplicándolo a nuestras vidas

Es sobre esta necesidad básica inicial de la que hablaba Jesús al afirmar: “Si ustedes no ven señales y prodigios, no creerán”. Eso era algo que Él bien sabía. Algo que nos pasó a muchos. Algo que Él comprende bien. Como ya dijimos: Lo importante aquí es saber que muchas veces Dios concede evidencias, pero otras no.

En cuanto a aquel hombre que fue a buscar ayuda en Jesús, Él y su familia recibieron una preciosa señal, la cual fue al mismo tiempo, un milagro y una señal. Seguramente, luego de esto, toda esa familia habrá depositado su fe en Jesús. ¿Cierto? ¿Qué dice el texto?

Entonces, esto es lo más importante de la historia, ya que esto es lo que Jesús buscaba: Llevar a las personas a depositar su fe en Él.

Volviendo ahora a nuestro texto:

49

El oficial del rey le dijo: «Señor, baja antes de que mi hijo muera». 

Ya hemos comentado la situación del niño y su familia en el versículo 47, y también hemos mencionado que el padre pretendía que Jesús hiciera lo que acostumbraban todos los médicos de la época, es decir, visitar a sus pacientes. 

Su pedido era urgente. Probablemente porque entendiera que a su hijo no le quedaba mucho tiempo de vida. Esto también explica por qué no se detuvo ante la anterior respuesta de Jesús. Aquí había algo más importante que el ego del padre o su vanidad, a saber, la vida de su hijo.

Ahora, si bien el padre esperaba que Jesús fuera a ver a su hijo, evidentemente, no es lo que Él hizo. Aquí había una prueba aguardando, la cual apuntaría al corazón del padre. De ella hablaremos en la siguiente publicación. Te invitamos a seguir la misma en el link al siguiente comentario (publicación) más abajo.

Por ahora concluimos aquí este estudio, esperando que haya sido de bendición para tu vida. Si gustas puedes dejarnos tus consultas y/o comentarios. Intentaremos ser de bendición en todo lo que nos sea posible.

A continuación te dejamos algunos links para que continúes con el estudio de este precioso Evangelio:

Nota

Todas las citas bíblicas fueron tomadas con permiso de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © 2005 by The Lockman Foundation.

Juan 4.46-49 – Primer Sanidad en Galilea

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2 respuestas a «Juan 4.46-49 – Primer Sanidad en Galilea»

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